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Oct

2017

Patricio Massardo, arquitecto creador de Trato Hecho Vecino “Lo que antes era el antro de los curados hoy es la casa de los maestros”

Impulsado por el sacerdote Pablo Walker y con el apoyo de Acción Solidaria del Hogar de Cristo, este joven profesional desarrolló una genial iniciativa de reencuentro e inclusión entre los vecinos de los barrios Yungay y Balmaceda y las personas en situaciones de calle de esos sectores.

 

Por Ximena Torres Cautivo

El arquitecto experto en patrimonio y conservación Patricio Massardo tiene 38 años, está casado con María José, que es pediatra, y tienen tres hijos. Físicamente, se parece a Ben Stiller en versión bien morena y tiene el mismo histrionismo del actor cuando explica en qué consiste la fundación que creó en 2016: Trato Hecho Vecino.

-Se trata de entender qué significa el Chavo del 8 para todos nosotros, que somos su vecindad. Se trata de verlo no como al niño pobre que anda pidiendo, sino como una persona igual a nosotros a la que se le puede pagar por ayudar a don Ramón a clavar unas tablas o por limpiarle los vidrios a doña Florinda. Eso es Trato Hecho Vecino, una iniciativa que sirve para mostrarle al dueño de casa que en el barrio hay un Chavo que necesita que lo vean como alguien capaz, con necesidades y talentos.

Más allá de la metáfora pop, en la página web de la fundación Trato Hecho Vecino, el objetivo se explica así: “Buscamos integrar a personas que viven en hospederías del Hogar de Cristo con su barrio y su comunidad a través de empleos de bajo umbral que están relacionados con las tareas cotidianas de un hogar: pintura, limpieza, reparaciones, aseo, etcétera…”

Massardo estudió en el colegio San Ignacio y desde hace 20 años es voluntario del Hogar de Cristo. Primero trabajó en “el albergue de abuelitos, que está junto al Santuario del Padre Hurtado”, y después en la Hospedería Padre Lavín, que acoge a varones en situación de calle de entre 18 y 50 años, y se ubica en el tradicional barrio Yungay. Esa experiencia le cambió la mirada: “

-Ahí descubrí el tremendo desafío que significa la inserción social y laboral. A diferencia de lo que pasa con los abuelitos, que ya están asumidos en destino, acá se puede hacer mucho. Aunque muchos de estos hombres estén topando fondo, les queda toda la vida por delante y están llenos de potencialidades. Pero yo no sabía cómo hacerlo, cómo ayudarlos. Me desesperaba. Tenía conversaciones muy alentadoras con el padre Pablo Walker, pero no se me ocurría nada, hasta que, un día en que estaba conversando con él y yo cachaba que no me estaba pescando, de repente, me miró y me dijo: “Ya sé qué puedes hacer”. Se le había ocurrido conectar a los vecinos y a los sin calle del barrio, a los que rondan por ellos, a través del trabajo y la colaboración.

Patricio tomó contacto con las organizaciones del barrio Yungay, fue a las reuniones de las juntas de vecinos y, dado lo apasionado y convincente que es, “muchas señoras engancharon con la idea de que usuarios de la hospedería les hicieran pequeños ‘pololitos’ en sus casas a muy buen precio. Cerré 6 tratos en esas reuniones, pero cuando llegó el día de realizarlos, todas se habían arrepentido”.

Al entusiasmo inicial, a la idea del win win, se la ganó el prejuicio. “Una señora me dijo: ‘Le abrí las puertas a un sobrino drogadicto y me robó todo, y estos maestros tuyos ni siquiera son de mi familia’. A otra el marido le había dicho si estaba loca, que cómo iba a meter ‘a ese tipo’ de desconocidos a su casa. Fue muy frustrante”.

Pero no se amilanó. “Ahí convoqué a mis amigos. Les expliqué que la gente compra la idea, les gusta, pero el prejuicio es muy grande, por lo que para generar confianza se requiere del apoyo de voluntarios. Les dije a mis amigos: ‘La función de ustedes es ser la llave que abra la puerta de las casas. Ustedes deben generar la confianza, dar garantías’”.

Así funcionan hoy. Las cuadrillas de trabajo integran a personas en situación de calle con voluntarios, la mayoría amigos, en general, arquitectos, de Patricio Massardo. Él recalca que Trato Hecho Vecino es la única fundación cuyo voluntariado está integrado todo por familias.

Todo este entramado, implica una manera muy organizada de operar. Tienen coordinadores territoriales, que van a las reuniones de las juntas de vecinos, a los bongos  a los talleres comunales a ofrecer sus servicios. “No hacemos segundos pisos, sino reparaciones simples, pinturas exteriores e interiores, instalación de cerámica, limpieza de vidrios, de baños, con eliminación de hongos, ese tipo de tareas. Cobramos 3, 6 y 12 mil pesos, según sea lo que hay que hacer y el tiempo que tome. Una jornada de trabajo vale 12 mil pesos”. Una vez que los Trato Hecho están acordados, los vecinos tienen una semana para comprar los materiales, según la ficha con el presupuesto y el detalle que le entregamos.

La ferretería Caupolicán, que es del barrio, apoya la iniciativa y les ofrece muy buenos descuentos. “Recuerda que la idea es recuperar la vecindad. Los clientes suelen ser adultos mayores, sin muchos recursos económicos, conocedores del barrio y de su historia. A nosotros también nos interesa la conservación de los barrios Yungay y Balmaceda, que es donde hacemos los tratos, mantener su estilo y su patrimonio. Aunque nos han llamado desde Las Condes y Providencia, nosotros trabajamos en torno a nuestro ‘barril’”, afirma, volviendo a la analogía del Chavo del 8. Y agrega: “No trabajamos en otros sectores, porque esto no es una empresa de construcción y aseo, es una iniciativa para revincularnos. Por eso nos interesa mucho el buen trato, que el día en que hacemos la pega, también nos conozcamos. Que haya un almuerzo, un tentempié cariñoso, sin afán de limosna, sino de convivencia”.

 

-Después del frustrante inicio, ¿cómo va la cosa, cuántos tratos cierran al mes?

-Cerca de 20. El día en que hacemos la pega vamos voluntarios y personas en situación de calle, muy bien aperados, con un estupendo stock de herramientas, uniformados, porque dotamos a las cuadrillas de equipamiento. Y trabajamos muy rápida y eficientemente. Pintura es lo que más hacemos. Entre nuestros voluntarios hay alumnos de la Universidad Central y todo es muy familiar. Dentro de las miles de anécdotas te puedo contar de un vecino, don Segundo, que después que le hicimos la pega, me dijo: ‘Patricio, no te puedo pagar, porque me has engañado: estas personas no pueden ser de la calle, son estudiantes, son profesionales. No creía por lo correctos que eran, por lo bien que se veían y trabajaron, que eran de la hospedería. Semanas después, fue a dejarme un sobre con el importe del trabajo. Había recapacitado.

Se emociona cuando cuenta que así como antes la gente del barrio Yungay se refería a la Hospedería Padre Lavín como “el antro de drogadictos, delincuentes y ladrones”, hoy hablan de “la casa de los maestros”. Ese sí que es un logro. Lo mismo que cuando Inés, una vecina del barrio, en un día de lluvia, tocaba insistentemente la bocina a un hombre que estaba a un costado del paradero de micros, atiborrado de personas. Él no creía que era a él a quien llamaban, porque por lo general lo evitan. Hasta que Inés se bajó y le dijo: “Hola, Rodrigo, ¿cómo estás, para dónde vas, te llevo?”. Rodrigo le había embaldosado un patio interior, y nunca había sentido mayor felicidad que haber sido reconocido por su clienta, como le contó después a Patricio.

-¿Qué esperas que resulte de todo esto?

-Que la alianza entre personas del mismo barrio se transforme en tratos directos, que los hospedados del Hogar se conviertan en los maestros del barrio. Muchos de los 150 hombres que duermen con regularidad en la Hospedería han tenido relación con la construcción. Te cuento de la dupla que armaron el Chispa, que es técnico electrónico, con problemas de consumo de alcohol, y Charles, un migrante haitiano en muy malas condiciones, que no hablaba una gota de español, no tenía oficio y llegó sin cachar nada. El Chispas lo convirtió en su ayudante, porque trabajaba muy bien, y se independizaron. Ahora trabajan por su cuenta.

En lo personal, Patricio sueña con extender su Fundación a otros barrios. Tiene a Estación Central en la mira. Y en que las 14 familias ignacianas que integran su voluntariado aumenten, porque garantiza que participar en una jornada de Trato Hecho Vecino es un regalo. Así lo explica: “Es un tiempo de compartir consciente. Hacer juntos algo por los demás genera una gratificación adictiva”.

Y pone otro ejemplo para relevar los logros de su fundación: “Es emocionante escuchar a uno de nuestros trabajadores decir: ‘Pato, se me había olvidado que yo era tan buen pintor. Mira lo que hice; quedó increíble’”.

 

 

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